lunes, 26 de octubre de 2009

Furia, Depresión y Otros Fantasmas

No han pasado ni cuatro horas en la oficina, y ya siento unas ganas sobrepujantes de largarme. Siento la tensión en mis hombres, ingle y zona lumbar; por otro lado, mis extremidades tiemblan, y hasta siento cierta debilidad en mis piernas. Mi nuca arde un poco, mientras la siento bien clavada entre mis hombros. Mi boca está seca y mis labios tiemblan de rato a rato. El cerebro lo siento seco e inútil, sostenido tristemente por el cráneo.

Siento desinterés y apatía hacia todo, absolutamente hacia todo, incluso a la vida. Y aunque puedo levantar la mirada y ver hacia el futuro, las horas y días cercanos sencillamente no me satisfacen; quiero desaparecer, vivir un sueño placentero y ausentarme de este mundo por un rato. Entre la furia y depresión que embotan al corazón surge la confusión en mí; quisiera destruir todo aquello que me rodea, pero a la vez sé que no vale la pena, porque después de desatar mi enojo y exterminar, vendrá a mí un enorme pesar porque haberme traicionado y no actuar de acuerdo a mí.

Me siento como un dios magnánimo, observando como su creación se convierte en basura, sin poder nada para evitarlo. Aun con tanto poder, ser tan inútil para detener el destino eminente de su obra. Como dios, quisiera dejar libres a las tormentas, los terremotos, los huracanes, crear inundaciones y derramar fuego con azufre desde el cielo, sin tentarme el corazón sobre los gritos y las plegarias de aquellos que caen por tanta desgracia; pero ¿qué clase de ser sería si hiciera todo eso, sólo llevado por ira? Lo único que queda es dejar que las cosas continúen su curso, esperando que haya mejor días para todos.

Y aunque no soy un dios, sí siento una gran furia la cual podría patrocinar una serie de eventos vengativos y dañinos. Pero, ¿qué gano haciendo eso?, porque tampoco gano nada en dejar pasar las cosas, pues es insensato pensar que los malhechores sentirán remordimiento por aquello que han hecho concientemente, y regresaran para pedirme perdón y satisfacerme. No, eso no va a pasar, nadie regresara a mí; y si sucediera, debo considerar que el daño está hecho. ¿Quién sería si buscara destruir aquello que me hace daño? Creo que me haría igual a aquello que me provoca la corrosión en mis entrañas.

Otra vez me baje del carnaval de la vida, porque este me ha hecho mal. Pero no puedo vomitar todo ese malestar, ni tampoco cagarlo, orinarlo o sudarlo; tampoco hay alimentos o medicina que me quiten el mal. Tampoco me quiero quedar fuera del desfile, porque la soledad no siempre es lo mejor; sólo me queda entrar de nuevo a la fiesta, tragándome toda mi enfermedad y secando las lágrimas antes de que se derramen, y en quejidos sordos callar mi miedo y pánico.

No puedo poner mi fe en la constricción de los demás, ni en su sufrimiento (como si llegara como castigo divino); mucho menos en la aceptación de su mal y de su regreso por olvido y perdón. Lo más probable es que eso nunca pase, y por lo tanto, nunca llegaría el descanso a mí. Tampoco puedo darle rienda suelta a mi odio, porque este se puede regresar en mi contra.

Entonces, ¿quién soy… en qué me convertido albergando todo este malestar en mí?, ¿qué de valeroso o virtuoso hay en aguantar este odio y depresión en mis entrañas? No hay nada bueno en no poder pararme en mis dos pies y disfrutar el panorama. No hay nada de bueno en reprimirme y sacrificarme porque sí.

De ahí que quiera una vida nueva, un cuerpo nuevo y una nueva mente, para comenzar desde cero. Quisiera que mi pasado se borrara; quisiera una vida donde no sufra sólo por hecho de no saber cómo vivir. Quizá lo mejor sería que regresara a la época que era un niño, o me convierta en Peter Pan; otra opción sería sumergirme en mi mundo de fantasía, separándome de este plano físico, para no ser victima de la ignorancia, las indiscreciones y la inseguridad de los demás.

Hoy quiero reventar y que mis partes se hagan granitos de arena; quiero desintegrarme y no ser nada. Hoy quiero ponerle fin a todo aquello que hace menos; quisiera que la muerte llegara en un sueño placentero. Hoy no quiero ser yo, quiero ser nada y desvanecerme; quiero que el mundo siga su rumbo sin mí, que me olviden y mi nombre y mi ser no prevalezcan. También quisiera que otras personas sufrieran y sientan pena por este dolor que me acongoja, para que sepan que han actuado ruinosamente contra mí, sin que yo lo mereciera. Ya no quiero vivir vida que no es vida, y mucho menos si estoy atrapado en este laberinto de desesperación.

1 comentario:

  1. Bueno, menos mal que había leído antes que esta tu entrada de noviembre (la de la publicidad de automóviles y las toallitas íntimas; yo estoy en otro continente y además mira poco la tele, así que no me hago idea de cómo era para resultar tan frustrante).
    Pero que, y es a lo que voy, como ya había leído la entrada posterior sé que sobreviviste... Y que el mundo sobrevivió, escapó a tu ira, porque no me han llegado noticias (por la radio, soy devoradora de radio) de que un joven treintañero al borde de la desesperación hiciese saltar el mundo en pedazos.
    Lo celebro; por el mundo y por ti.

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